Resulta más que comprensible el hecho de que las preocupaciones principales del momento vayan y vengan entre la salud de la gente y la economía. Ha sido tan puntual el asunto, que algunos personajes han llegado hasta el absurdo de convertirlo en un dilema, en un cruce de caminos, como si al final tuviéramos que aceptar, como una contradicción insuperable, que priorizar la salud de la gente pasa por sacrificar la economía o que la decisión de reactivar la economía deba significar la pena de una mortandad enorme.
No obstante, por lo que estamos viendo, es clave llamarle la atención al gobierno en el sentido de que sus énfasis en la salud y la economía no pueden distraerlo de otros temas primordiales: me refiero, muy particularmente, a que el gobierno no puede seguir permitiendo que el crimen siga expandiendo sus fronteras, “como Pedro por su casa”, al supuesto amparo de la conmoción del coronavirus.
No me cabe la menor duda de que uno de los motivos principales por los cuales las mayorías llevaron a la presidencia a Iván Duque fue porque le creyeron la promesa de que él si frenaría la expansión exponencial de las economías ilegales en las regiones, que comenzaron a verse desde las negociaciones de la Habana entre Santos y las Farc.

